Revista Educare
UPEL-IPB
Barquisimeto, Edo. Lara - Venezuela
Vol. 24 N° 2
Mayo - Agosto 2020
La empatía es importante para la convivencia pacífica, se cree que está asociado al rendimiento académico, por esta razón se pretende correlacionar el nivel de empatía con el rendimiento académico de los estudiantes de la Especialidad de Educación Primaria, Facultad de Ciencias Educación, Universidad Nacional Hermilio Valdizán, Huánuco, Perú. Se realizó un estudio descriptivo correlacional, se empleó la técnica de análisis documental para recabar información de los calificativos de los estudiantes y la encuesta para recoger información de la empatía, empleándose el cuestionario Índice de Reactividad Interpersonal. La relación entre las variables se determinó mediante el Coeficiente de Correlación de Pearson. Los resultados mostraron una correlación no significativa entre empatía y nivel de rendimiento académico, poniendo en evidencia que la universidad no contribuye a desarrollar la empatía, si fuera así, los estudiantes de mejores calificativos tendrían mejores niveles de empatía.
Descriptores: empatía, rendimiento académico, estudiantes universitarios.
Empathy is important for peaceful coexistence, it is believed that it is associated with academic performance, for this reason it is intended to correlate the level of empathy with the academic performance of students in the Primary Education Specialty, Faculty of Education Sciences, National Hermilio University Valdizán, Huánuco, Peru. A descriptive correlational study was carried out, the documentary analysis technique was used to collect information on the students' qualifications and the survey to collect information on empathy, using the Interpersonal Reactivity Index questionnaire. The relationship between the variables was determined using the Pearson's Correlation Coefficient. The results showed a non-significant correlation between empathy and level of academic performance, showing that the university does not contribute to developing empathy, if it were so, the students with the highest scores would have better levels of empathy.
Keywords: empathy, academic performance, university students.
Es aspiración humana vivir en una sociedad armónica, de paz, donde el prime el respeto, el amor, la liberta y el bienestar social y personal “La educación es uno de los conceptos más amplios y, también, uno de los que tiene más posibilidades de propiciar una convivencia armónica” (Pérez, 2005, p. 20). Convivir armónicamente entre los seres humanos implica el desarrollo de la inteligencia emocional, entendiéndose que todas las emociones son en esencia “impulsos para actuar, planes instantáneos para enfrentarnos a la vida que la evolución nos ha inculcado” (Goleman, 1998, p. 24). Toda emoción lleva implícita una tendencia a actuar. Se espera que en todos los niveles del sistema educativo se formen estudiantes capaces de vincularse armónicamente en todos los contextos sociales en el que ha de desarrollarse; es decir, que desarrollen la inteligencia emocional. La inteligencia emocional nos permite valorar, expresar emociones y regular emociones (Dueñas, 2002).
A pesar de la importancia de la inteligencia emocional para la convivencia pacífica, pareciera que los seres humanos no estamos en desarrollar nuestra inteligencia emocional, día a día nos alejamos más de esa ideal sociedad armónica, tenemos una sociedad cada vez más violenta. Lamentablemente nuestro continente es el más violento del mundo, según las Naciones Unidas, el continente americano reúne el 37% de los homicidios de todo el planeta, casi todos ellos ocurren en América Latina, que concentra apenas 8% de la población mundial. En los últimos 20 años fueron asesinados violentamente más de 2,5 millones de latinoamericanos. El fenómeno suele atribuirse a problemas económicos, pero el crimen aumentó durante el boom de materias primas que la región tuvo en la década pasada, cuando bajaron los índices de pobreza (Lissardy, 2019). Entonces, si la violencia no está relacionada directamente a la pobreza, hay otros factores que alientan su incremento, las leyes “blandas” o la aplicación de ellas en beneficio de los delincuentes es otro factor, además de una sociedad y medios de comunicación que contribuyen a formar personas violentas, carentes de valores y con poco desarrollo de la inteligencia emocional.
Los estudios fisiológicos vienen descubriendo que cada emoción prepara al cuerpo para distintas respuestas. La ira provoca que la sangre fluya a las manos, así resulta más fácil actuar con las manos, agarrar un arma o golpear al que consideramos contrincante. El miedo hace que la sangre fluya a los músculos esqueléticos grandes, como son las piernas, entonces resulta más fácil huir; además, la cara empalidece porque la sangre deja de circular por ella. En tanto, la felicidad activa un centro nervioso que inhibe los sentimientos negativos. Sin embargo, las tendencias biológicas a actuar están reguladas por las experiencias de vida y por la cultura (Goleman, 1998). Con esta aclaración podemos entender del por qué ante una agresión verbal no todas las personas reaccionan de la misma forma, algunos pueden retornar la agresión verbal o agredir físicamente, otros, en tanto, pueden calmar la situación. En estos casos, la formación social o cultural puede marcar la diferencia.
Los que carecen de autocontrol, no controlan sus impulsos, les resulta difícil ser empáticos, por lo que la falta de sensibilidad hacia las necesidades o la desesperación ajena. Para mencionar algunas expresiones de la falta de empatía en el Perú, nos remitiremos a la migración de los provincianos a la capital de la república. Según Infante (2010), "los limeños" recibieron a los inmigrantes sin ninguna empatía. Ayudaron muy poco a que se integren a las dinámicas de la ciudad. Casi todos los nombres que pusieron a los lugares donde ellos vivían remitían a algo negativo: invasión, asentamiento humano, barriada. Tal vez el único nombre de connotación positiva fue la de pueblo joven. Las actividades económicas de los inmigrantes fueron denominadas "informales", se burlaron de su manera de hablar, vestir, oler y de sus costumbres. Despectivamente fueron denominados como “indio”, “serrano”, “cholo”.
La empatía, como parte de la inteligencia emocional, es vital para la convivencia pacífica de los seres humanos. Las sociedades no pueden lograr un desarrollo integral si sus habitantes carecen del desarrollo de la empatía. La empatía permite la obtención de grandes beneficios de carácter social, gracias a ella se logra que los demás se sientan comprendidos, escuchados y emocionalmente recogidos. El empático presenta una elevada sensibilidad social, capta la comunicación no verbal de los otros, es respetuoso, le gusta escuchar, es buen conversador y comprende los motivos de las conductas de los demás. Contrariamente, la falta de empatía se puede evidenciar cuando una persona se considera “el centro” de todo, cuando se empeña en satisfacer sus deseos sin importarle si está atentando contra otras personas. La falta de empatía no nos permite conmovernos del sufrimiento ajeno, mucho menos ayudar al que está pasando por situaciones difíciles.
Las instituciones educativas, sean de nivel inicial, primaria, secundaria o superior, reproducen lo que se da en la sociedad. La violencia, agresividad, justicia o inequidad que se da en la sociedad, se ve reflejado en las instituciones educativas. La marginación a determinados estudiantes, la violencia física o verbal, el bullying, aún asolapada, en la Universidad Nacional Hermilio Valdizán pueden ser explicadas desde el estudio de la esfera social, pero también pueden ser estudiadas desde el plano educativo. Por sentido común se considera que un estudiante que presenta un nivel de empatía alta, es capaz de alcanzar un óptimo desarrollo personal y académico, y si por el contrario presenta un nivel de empatía baja, el estudiante estará más proclive a presentar frustración en trabajos en equipo, académicos y en el rendimiento laboral. Estudios realizados por la Universidad de Michigan demuestran que vivimos en una sociedad con personas cada vez menos empáticas. Al medir el nivel de empatía en estudiantes universitarios identificaron un descenso de 40% entre el año 2000 y el 2010 (Prawda, 2011).
La falta de empatía en el aula universitaria genera desorden, se producen agresiones y falta de respeto entre estudiantes y estudiantes-docente, propiciándose un clima desfavorable para el proceso enseñanza-aprendizaje, condiciones que podría tener repercusiones negativas en el rendimiento académico de los estudiantes; por ello se emprendió la investigación que permita establecer la correlación existente entre la empatía y el rendimiento académico en estudiantes del sistema universitario, específicamente en los estudiantes de la Escuela Profesional de Educación Primaria de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán de la ciudad de Huánuco.
La empatía es una dimensión de la inteligencia emocional, es la parte más reconocible, es ponerse en el lugar de los demás. Consiste en asumir internamente la forma de pensar, sentir y actuar de los demás. Así, cuanto “más empático es alguien más va a hacer por comprender y ayudar a otras personas, y utilizará mucho menos la violencia como forma de resolver los conflictos, ya que tendrá muy en cuenta la perspectiva y sentimientos de los otros” (Moya Albiol, 2014). A decir de Goleman (2006), parece que la empatía es tanto psicológica como mental, en el hecho de compartir el estado interno de la otra persona. Tiene lugar cuando una persona empatiza con otra, es decir, cuando comparte sutilmente el estado fisiológico de la persona con la que está conectada.
La empatía es una capacidad natural que se desarrolla en interrelación con los demás y en el seno de una cultura que define el tipo de humano que se espera que seamos, cómo debe ser la participación con el sufrimiento del “otro” y que señala con qué “otros”. Se forja así identidades y cadenas de transmisión: Quien no ha recibido atención emocional durante la infancia y quien ha sido educado en la indiferencia hacia los demás, en la incomprensión y la intransigencia, tenderá a hacer los mismo cuando le toque cuidar de los propios descendientes y de otros educandos y es que la vida humana se tiñe de valores vividos, principalmente durante la infancia. (Carpenna, 2016, p. 24)
Diversos autores como Ortiz (2008), Moya (2014) y Goleman (2006) coinciden en señalar que la personalidad y la empatía como parte de la personalidad, se forman de dos factores fundamentales. El factor genético, que es el factor que nos “viene dado”, producto de la evolución del ser humano y del legado de nuestros antepasados próximos; y el factor social, constituido por la forma de cómo el sujeto interactúa con los demás, en qué condiciones, si es en entornos violentos o armónicos, la educación que recibe, las experiencias vividas y el ambiente donde se vive.
Los actuales modelos neurocientíficos de empatía postulan que un estado motor, perceptivo o emocional determinado de un individuo activa las correspondientes representaciones y procesos neuronales en otro individuo que observa ese estado. Los trabajos en este ámbito se han llevado a cabo tanto en primates no humanos como en humanos. El descubrimiento de las neuronas espejo en las cortezas premotora y parietal de primates no humanos que, se activaban durante la ejecución de una acción determinada y durante la observación de la misma acción realizada por otro agente (primates no humanos o humanos), sugiere que su sistema nervioso es capaz de representar las acciones observadas en los otros en su propio sistema motor.
La empatía como hecho social debería ser estudiada teniendo en cuenta el contexto interpersonal en el que se desarrolla el ser humano. Existen trabajos que muestran que los adolescentes de las culturas tradicionales que participan diariamente en contribuir al bienestar familiar son más empáticos y tienen conducta prosocial que aquellos de culturas individualistas, donde prima la competitividad y la autonomía del individuo. También se ha hecho referencia a la influencia de los estilos de crianza en el desarrollo de la conducta prosocial y la empatía (Eisenberg, N. , Wentzel, N., y Harris, J., 1998).
Existen trabajos que pretenden explicar el por qué algunas personas son menos empáticas. Ruttan, McDonnell y Nordgreen (2017) descubrieron que las personas que han pasado dificultades en el pasado, tienen menos probabilidades de mostrar compasión por alguien que está pasando situaciones similares a las que ellas pasaron, si se compara con aquellas personas que no pasaron por esa situación en particular. En tanto, los estudios de Dacher Keltner, citado por Solomon (2017) demuestran que cuando una persona tiene poder merma su capacidad de empatía, la gente que ostenta poder sufre déficitis de empatía en la capacidad de interpretar las emociones y en adaptar su conducta a las de otras personas. Esta investigación complementa los estudios del neurocientífico Sukhviner Ohi, quien considera que el poder puede cambiar la forma en que funciona el cerebro (Hogeveen, Inzlicht y Obhi, 2014).
El ser émpatico no es sinónimo de ser tonto, el ser empático no es aceptar todo. El émpatico, además de escuchar, ponerse en el lugar del otro y aconsejar en momentos difíciles, también debe aprender a decir no cuando la circunstancia así lo requiere “Como todo en la vida, la persona empática o asertiva no nace, sino que se hace” (Córcoles, 2008, p. 99).
Para Goleman (2018) existen tres tipos de empatía.
Empatía cognitiva. Permite a una persona comprender la perspectiva de otra persona, la estructura mental de la otra persona que le permite ver el mundo, por consiguiente, transmite sus mensajes en el lenguaje o cosmovisión de la otra persona.
Empatía emocional. Permite a una persona comprender cómo se siente la otra persona en ese momento, esto le permite generar “química” y relacionarse en un clima de confianza y comprensión.
La preocupación empática. Permite a una persona sentir las necesidades de la gente que le rodean, entonces brinda su apoyo voluntariamente al que lo necesita.
Plantea la empatía como un proceso motivacional que conduce a la persona a prestar su ayuda a la resolución del problema de otro, haciéndolo de manera parecida a la que se da en el desarrollo cognitivo social del individuo. Percibir puede no ser suficiente, ya que se requiere conocer a las otras personas y no realizar solo suposiciones. Por tanto, una de sus aportaciones más importantes es la de la integración del afecto y la cognición en el proceso de empatía con un matiz evolutivo. Que una experiencia empática tenga mayor o menor calidad variará en función de las atribuciones personales que cada individuo establezca de manera espontánea ante el malestar o bienestar de otros. Hoffman trata de establecer la relación consistente entre el afecto y la cognición afirmando: “Mi argumento es que un principio moral puede convertirse en algo más que una abstracción y puede realmente pasar a formar parte del sistema de motivos morales del individuo si está cargado de afecto empático” (Hoffman, 1991, p. 108, citado por Lorente, 2014, p. 54).
Plantea que la cognición es la base fundamental de la moralidad, es decir, la forma en que tiene lugar el afecto no es producto de la disyuntiva entre premio y castigo. Estudios realizados por Kohlberg, Power e Higgins (1997) en distintos contextos culturales apuntan a que la vida social del niño se fundamenta en la empatía. El estudio sobre el desarrollo del ego que llevó a cabo Baldwin (1906), citado por Kohlberg (1992), confirma que el autoconcepto es un concepto compartido del yo con los demás, por lo que un daño que otro reciba es percibido como si lo recibiera uno mismo. De esta manera quedaría clara la idea de que la empatía no hay que enseñársela al niño, es un fenómeno primario. Lo que la socialización y el desarrollo personal alcanzan es la organización de fenómenos empáticos, preocupaciones empáticas y morales consistentes, no la creación de la empatía como tal.
Davis (1983) propone un modelo multidimensional de la empatía, en el intervienen los siguientes elementos:
Toma de perspectiva. Significa la tendencia a adoptar espontáneamente
el punto de vista psicológico del otro, es decir, la capacidad para
ponerse en el lugar del otro, identificarse con él; sería el factor
más cognitivo de la empatía e implicaría niveles de desarrollo
superior, es la esencia precursora de las reacciones específicamente
empáticas.
Esta capacidad no significa necesariamente que el observador deba
adoptar la misma perspectiva, sino que es la habilidad para reconocer
los estados anímicos del otro, requiere de una serie de valores como
sensibilidad, comprensión, destreza perceptiva, capacidad para adoptar
y entender los roles sociales y madurez. Por ejemplo: “Intento
comprender mejor a mis amigos imaginando cómo se ven las cosas desde
su punto de vista”.
Fantasía. Se refiere a la tendencia del sujeto a introducirse imaginariamente en los sentimientos y acciones de personajes ficticios de libros, películas o juegos; este factor implica también una capacidad de representación mental e imaginación. Por ejemplo “Al mirar una película me identifico con el protagonista con mucha facilidad”.
Preocupación empática. Constituye, junto con el “malestar personal”, la respuesta más emocional de la empatía; describe los sentimientos de simpatía y preocupación “orientados al otro” que se encuentra en una situación negativa o que sufre alguna desgracia. Por ejemplo “Cuando veo que se están aprovechando de alguien, siento la necesidad de protegerle”.
Malestar personal. Se refiere a los sentimientos de ansiedad personal “orientados al yo” que se producen en situaciones de tensión interpersonal. Por ejemplo: “A veces me desespero cuando me encuentro en medio de una situación con alto contenido emocional” (Álvarez, Carrasco y Fustos, 2010; Carrasco, Delgado, Barbero, Holgado y Barrio, 2011).
Sobre el constructo rendimiento académico no existe consenso, suele emplearse indistintamente términos como aptitud escolar, desempeño académico, logro o rendimiento académico. Para Jiménez (2000), citado por (Edel, 2003, p.3), el rendimiento escolar es un “nivel de conocimientos demostrado en un área o materia comparado con la norma de edad y nivel académico”.
Con frecuencia se toma como criterio del rendimiento académico las calificaciones de las asignaturas obtenidas mensual, semestral o anualmente. Las calificaciones que generalmente son cuantitativas, varían según el país, en Paraguay la calificación es de 1 a 5; Bulgaria de 2 a 6; Suiza de 1 a 6; Alemania y Chile de 1 a 7; Finlandia de 4 a 10, Argentina, Ecuador, Brasil e Italia de 1 a 10; Salvador de 0 a 10; Perú de 0 a 20; Bolivia, Cuba, Guatemala, Nicaragua, China y Japón de 0 a 100. “Muchos estudios de rendimiento se centran en los puntajes de los exámenes o las calificaciones de los estudiantes, siendo el promedio de calificaciones (GPA) la forma más utilizada para medir el rendimiento académico” (Concepción, Nales y Rodriguez, 2016, p. 1157).
Al referrirse al logro o rendimiento académico, Concepción, Nales y Rodriguez (2016) manifiestan que es una medida clave para comprender el éxito, o la falta del mismo, de las actividades educativas a las que está sujeto un estudiante durante un período de tiempo. Generalmente se mide a través de pruebas o evaluaciones, aunque se carece de acuerdo sobre cómo medirlo, ni existe amplio acuerdo sobre qué áreas son más importantes en las evaluaciones, las habilidades prácticas o el conocimiento de hechos o memorización. En este contexto, el rendimiento académico del estudiante “se constituye en una herramienta poderosa para el docente ya que le permite palpar el avance del aprendizaje adquirido” (Asuaje y Araya, 2015, p. 100).
Diversas fuentes, como Soto (1996); Hernández (2001); Flores (2005); Tobón (2014); Esteban, Portocarrero y Bustamante (2017) consideran que la concepción sobre el rendimiento académico está asociado al enfoque curricular asumido en la labor educativa; es decir, según el enfoque curricular que se asuma se tiene un concepto distinto de rendimiento académico o rendimiento escolar.
Es importante mejorar el rendimiento académico de los estudiantes, puesto que quienes tienen bajo rendimiento académico tienen probabilidades de tener problemas individuales, institucionales y de población. Concepción, Nales y Rodriguez (2016) consideran que a nivel individual, el bajo rendimiento provoca problemas de conducta a corto plazo y deserción escolar, también puede interrumpir los caminos educativos y profesionales hacia la edad adulta. A nivel institucional, los estudiantes con problemas de rendimiento pueden crear caos y desestabilizar los objetivos generales de la organización. A nivel de la población, se sabe desde hace tiempo que el fracaso generalizado de los logros causa cambios drásticos en las tasas de fertilidad, mortalidad, matrimonio y desempleo de una población dada a través de la correlación entre el logro y el desarrollo del capital humano.
Por consiguiente, resulta importante mejorar el rendimiento académico de los estudiantes,por que un buen rendimiento académico está asociado al éxito personal, institucional y social.
La investigación corresponde a la perspectiva metodológica cuantitativa (Piñero, Rivera, Esteban, 2019), se ubica en el Paradigma de Investigación Positivista, porque busca establecer regularidades en cuanto al rendimiento académico y empatía; además busca establecer cómo se relacionan estas dos variables: rendimiento académico y empatía (Rivas, 2014).
El tipo de investigación es básico, nivel descriptivo, porque se describe la relación existente entre la variable empatía y rendimiento académico, las mismas que fueron sometidos a análisis, utilizando criterios sistemáticos para destacar los elementos esenciales de su naturaleza (Esteban, 2000). El diseño empleado es el correlacional porque se busca determinar la relación que existe entre la variable empatía y rendimiento académico (Sánchez y Reyes, 2015).
La población del trabajo estuvo constituida por el total de los alumnos matriculados en la Escuela Profesional de Educación Primaria, de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, Huánuco, Perú, periodo académico 2018, independientemente del semestre académico que cursan, haciendo un total de 185 estudiantes. Para tener mayor precisión en los resultados, se optó por el censo, teniendo como criterios de inclusión a todos los alumnos regulares matriculados en la Escuela Académico de Educación Primaria. Se excluyeron a los estudiantes que no asistieron a clases los días en que se suministró el instrumento para recoger información sobre la empatía. Teniéndose en consideración ambos criterios se trabajó con 128 estudiantes.
Para medir la variable empatía se recurrió a la técnica de la encuesta, empleándose el instrumento denominado Interpersonal Reactivity Index (Índice de Reactividad Interpersonal) de tipo Likert, creado por Davis, validado por juicio de expertos y medido su confiablidad.
Los resultados de consistencia interna presentado por Davis (1980) señalan un coeficiente alpha para las cuatro subescalas, con un rango de 0.71 a 0.77, oscilando el rango de la fiabilidad test-retest desde 0.62 a 0.80 con un intervalo entre ocho y diez semanas. El análisis factorial apoya la estructura independiente de las cuatro subescalas como dimensiones ortogonales del constructo de empatía. (Mestre Escrivá, Pérez Delgado, Frías Navarro y Samper García, 1999, p. 185)
En cuanto a su estructura consta de 28 reactivos, distribuidos en cuatro subescalas que miden igual número de dimensiones del concepto global de empatía: Toma de perspectiva (TP), Fantasía (FS), Preocupación empática (EC) y Malestar personal (PD), cada una con siete ítems. Cada reactivo cuenta con cinco opciones, la puntuación va de 0 a 4. Las respuestas son: no me describe bien (0), me describe un poco (1), me describe bien (2), me describe bastante bien (3) y describe muy bien (4). A mayor puntuación, se establece mayor presencia del constructo medido (Retuerto Pastor, 2002).
En cuanto a la variable rendimiento académico se empleó la técnica de análisis documental, por ello se solicitó a la Dirección de Asuntos y Servicios Académicos de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán las actas académicas, en cuyos documentos se encuentran los calificativos finales obtenidos por los estudiantes en una escala de 0 a 20. Se tomó en consideración el promedio acumulativo de todas las asignaturas, en todos los semestres académicos, cursados por los estudiantes.
Para el análisis de los datos se realizó un estudio transversal descriptivo y analítico, teniéndose en consideración las variables rendimiento académico y nivel de empatía en las dimensiones: Toma de perspectiva, fantasía, preocupación empática y malestar personal. Para hallar el índice de correlación bivariada de Pearson se empleó el software SPSS versión 24 (Quezada Lucio, 2017), y para la interpretación clásica del índice de correlación, se empleó las siguientes escalas y categorías: r = 0 (datos incorrelacionados); 0,0 < r < 0,2 (correlación no significativa); 0,2 ≤ r < 0,4 (correlación baja); 0,4 ≤ r < 0,7 (significativa correlación); 0,7 ≤ r < 1,0 (alto grado de correlación); r = 1 (correlación perfecta).
El promedio acumulado por los estudiantes de la Escuela Profesional de Educación Primaria, en una escala de 0 a 20, indica que las mujeres alcanzaron un promedio de 14.46 y los varones 14.2, es decir, las mujeres tienen un rendimiento académico ligeramente superior al de los varones. En una escala vigesimal la diferencia es 0.26. La Tabla 1, no permite observar el rendimiento académico de los estudiantes por semestre académico.
Tabla 1. Rendimiento académico de los estudiantes según sexo y
semestre académico
Estos resultados son coherentes con lo encontrado por Arismendí, Méndez, Rodríguez y Timaure (2015) en estudiantes de Venezuela, que en una escala de 0 a 20, las mujeres obtuvieron un índice académico de13,13 y 12,66 los varones es decir una diferencia de 0,47. Los resultados de la aplicación del cuestionario Índice de Reactividad Interpersonal a los estudiantes objeto de estudio, también registran que las mujeres poseen mayor nivel de empatía con relación a los varones, ellas obtuvieron una puntuación promedio de 90.56 y los varones 88.96, vale decir una diferencia de 1.60. En la Tabla 2 se presentan los resultados del nivel de empatía alcanza por los estudiantes, según sexo y semestre académico. En estos resultados están comprendidos las tres dimensiones de la empatía: Fantasía, preocupación empática, malestar personal y toma de perspectiva.
Tabla 2. Rendimiento académico de los estudiantes según sexo y semestre académico
Estos resultados son similares a los obtenidos por Mestre, Samper, Frías y Tur (2009) en el estudio longitudinal realizado en una población de 505 adolescentes varones y mujeres de edades comprendidas entre 13 y 16 años, que identificaron mayor disposición empática de las mujeres en comparación con los hombres. También coinciden con los resultados de Fuentes (1989) que, al estudiar a 170 sujetos de ambos sexos pone de manifiesto la tendencia de las mujeres a poseer mayor empatía que los varones.
La tendencia a empatizar figura entre las características que las personas atribuyen más frecuentemente a las mujeres que a los hombres. Esta percepción guarda relación con los estereotipos sociales que atribuyen a la mujer una mayor sensibilidad emocional, una mayor tendencia al cuidado y apoyo a los más débiles (niños y ancianos), una mayor capacidad para detectar sentimientos y señales no verbales y una mayor preocupación por los aspectos sociales de la interacción y los sentimientos de otros/as.
Hoffman (1977) considera que la empatía en las mujeres puede estar relacionada con una orientación afectiva prosocial que incluye la tendencia a experimentar culpa por el daño a otros/as. Esta tendencia tiene su origen en las experiencias de socialización desde la niñez, mientras la sociedad tradicional va “formando” a las mujeres para asumir roles de madre en la adultez, a los hombres va “formando” para que sean trabajadores asalariados. Esta situación puede revertirse debido a que las mayores tasas de empleo para las mujeres, reducen el tiempo dedicado a las labores del hogar y se incrementa el tiempo destinado el trabajo fuera del hogar. A medida que aumenta la conciencia de estos cambios sociales, se puede esperar que disminuyan las diferencias relacionadas con el sexo en la socialización, con el resultado de que las diferencias de comportamiento en el sexo también disminuirán eventualmente.
Al correlacionar el rendimiento académico de los estudiantes con cada una de las dimensiones de la empatía se obtuvieron los siguientes resultados:
Tabla 3. Relación entre rendimiento académico y empatía
| Rendimiento académico |
Empatía | ||
|---|---|---|---|
| Rendimiento académico | Correlación de Pearson | 1 | .025 |
| Sig. (bilateral) | .778 | ||
| N | 128 | 128 | |
| Empatía | Correlación de Pearson | .025 | 1 |
| Sig. (bilateral) | .778 | ||
| N | 128 | 128 | |
Según la Tabla 3, se presenta una correlación no significativa entre rendimiento académico y empatía, donde r= 0.025 y p= 0.778, es decir, a pesar que los estudiantes de mejor rendimiento académico muestran mayor predisposición a ser empáticos, no existe diferencias estadísticamente significativas en el nivel de empatía con relación a quienes no tienen buen rendimiento académico. A esta misma conclusión también arribaron los estudios desarrollados por Morales, Morales, Pérez y García (2017).
Al analizar la correlación entre el rendimiento académico y cada una de las dimensiones de la empatía se puede establecer lo siguiente:
La investigación desarrollada por Figueroa y Funes (2018) en Argentina obtuvo resultados similares, ellas al refrerirse a las dimensiones de la empatía expresan: “Los tipos de empatía no discriminan de manera diferente el rendimiento académico. No se detectaron correlaciones significativas” (p. 39).
Entonces, si no existe diferencias significativas entre el nivel de empatíay el rendimieto académico significa que las instituciones educativas no están cobtribuyendo a que los estudiantes desarrollen la empatía. Si las escuelas y universidades darían énfasis a la empatía los estudiantes con mayores calificaciones tendrían mejores niveles de empatía.
Es una tarea pendiente y un gran reto de las instituciones educativas de todos los niveles para contrubuir con “el desarrollo de la empatía como estrategia en la creación de condiciones necesarias para que los conflictos en las instituciones educativas disminuyan, y así lograr un clima educativo favorable” (Hernández, López y Caro, 2018, p. 2017 ) y que además pueda tener repercusiones positivas en la sociedad, toda vez que las personas que aprenden a gestionar sus emociones, y que han desarrollado la empatía, son menos propensas a tener comportamientos violentos que aquellas que no la han desarrollado.
Así mismo, al no exitir diferencias estadísticamente significativas en cuanto al nivel de empatía según sexo, resulta imprescindible promover el desarrollo de la empatía desde la temprana edad, pasando por la escuela y luego en la universidad. Diversos estudios y experiencias han demostrado que es posible para el ser humano reconocer y regular sus emociones con el fin de interactuar en sociedaddentro del marco del respto y convivencia pacífica, de tal forma que lo intrapersonal y lo interpersonal sea utilizado para el bienestar de sí mismo y de los demás.
Los estudiantes universitarios tienen rendimiento académico entre medio y medio alto y un considerable nivel de empatía. Las mujeres tienen mayor nivel de rendimiento académico y empatía con relación a los varones, pero no es estadísticamente significativo. Al correlacionar la variable rendimiento académico y empatía en los estudiantes, se establece que existe correlación no significativa directa entre ambas variables. Esta situación pone en evidencia que en la praxis la variable rendimiento académico posee connotación eminentemente cognitiva y no da énfasis al desarrollo de la inteligencia emocional, por ende, tampoco al desarrollo de la empatía.
Resulta necesario que en las universidades, al igual que en todos los niveles educativos, se realice cambios en el diseño curricular, así como en su ejecución, para que no solo se enfatice en la adquisición de conocimientos, sino que también se impulse el desarrollo de habilidades, destrezas y, sobre todo, que se priorice el desarrollo de la inteligencia emocional, incluido la empatía, con miras a garantizar mejores relaciones intra e interpersonales en el aula de clases, en el hogar y en todo contexto social, aspectos fundamentales del desarrollo de toda sociedad que se precie de ser moderna.
Si seguimos dejando de lado el desarrollo de la empatía corremos el riesgo de convertirnos cada vez más en personas indolentes, que solo se piense en uno mismo, que se fomente el individualismo y el éxito personal a cualquier precio, incluso atentado contra las demás personas. Es momento para empezar a cambiar y podemos hacerlo desde las aulas y desde el hogar. Desde la hogar formando niños con valores, empáticos y en las aulas seguir consolidando el desarrollo de la inteligencia emocional a fin de garantizar una sociedad justa, equitativa y de convivencia armónica.
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